Tipos de cambios semánticos

Los investigadores en semántica llevan mucho tiempo intentando encontrar un sistema de clasificación que permita englobar clara y científicamente todos los cambios semánticos que se dan en las lenguas. Sin embargo, la complejidad de esta problemática hace casi imposible llegar a una sistematización, dada la extraordinaria heterogeneidad de causas y de tipos.

El lingüista Ullmann llegó a un sistema de 4 tipos generales. Para esta clasificación partió de la distinción entre semejanza y contigüidad, que puede producirse tanto en los cambios que afectan al sentido como en los que afectan al nombre.

Semejanza de sentido

Desde este punto de vista, el factor más enriquecedor de una lengua es la metáfora. Toda metáfora consiste en una relación que se establece entre dos términos.

Aquí se ha eliminado el elemento o los elementos que podrían poner en relación ambos términos. Si analizamos los versos de Góngora en los que se describe a Polifemo.

Dado el tamaño gigantesco de Polifemo, se le puede comparar con una montaña: “es como un monte” → “es un monte eminente”; su “frente es tan amplia como el orbe” → “su frente es un orbe” → el orbe de su frente.

En muchos casos de la lengua cotidiana aparecen metáforas cristalizadas: los dientes de la sierra, por ejemplo; pero en otros casos, como sucede en poesía, el escritor trata de encontrar relaciones que, por su originalidad y dificultad, sorprendan y atraigan al lector.

Este factor de búsqueda de extrañas relaciones es uno de los elementos fundamentales en la creación poética; es lo que García Lorca llamaba la “caza de la imagen poética”, caza en la que hay poetas extraordinariamente dotados, como el mismo García Lorca, Quevedo o Góngora.

En determinadas épocas literarias, como sucede en la literatura de los años veinte, se intentan buscar relaciones más profundas e inconscientes, pero no por eso menos sorprendentes.

Las metáforas que se producen en la lengua cotidiana pueden ser de tipo muy variado o estar basadas en relaciones de diverso carácter. Son muy frecuentes las relaciones metafóricas de tipo antropomórfico, pues el cuerpo humano es una de las fuentes fundamentales en esta clase de relaciones: la boca del túnel, el pie de la lámpara, el brazo de la palanca.

Otras metáforas son del mismo tipo que las anteriores, pero se fundamentan en la relación con animales: las plantas llamadas dientes de león, los caballetes que sostienen el tejado, o el burro con el que trabaja el zapatero.

En otros casos estas imágenes se apoyan en comparaciones sinestésicas, en las que se alteran las percepciones tradicionales: olores azules, inteligencia aguda. Por último, hay que mencionar los frecuentes pasos de carácter metafórico de los elementos concretos de la existencia a elementos abstractos: el tiempo corre.

Contigüidad de sentido

Entre palabras relacionadas por su sentido aparecen fenómenos de cambio, que pueden presentar un amplio repertorio de tipos: paso del nombre propio de un inventor al objeto inventado, el ros militar, gorro militar creado por Antonio Ros de Olano. El continente por el contenido: beberse unos vasos; el lugar de la producción por el nombre del producto: las holandesas, el jerez.

En otras situaciones, también de tipo metonómico, la relación se produce entre el todo y la parte (pars pro toto): Treinta escopetas salieron de caza, El espada estoqueó al cornúpeta.

Semejanza de nombres

Una palabra puede ser atraída al campo significativo de otra, por proximidad de semejanza formal. La palabra latina veruculum, ‘elemento que sirve para cerrar’, se transformó en ferrojo por atracción de ferrum y en cerrojo por el mismo fenómeno, pero en este caso con la fuerza de atracción de cerrar.

Lo mismo sucedió con la palabra campesinas, que produjo la forma campsino en castellano medieval, que ya no se sintió ligada a campo, y entonces fue atraída a la esfera de cansar, con lo que adquirió la forma cansino. A la vez que se producía una atracción formal, ocurría también un cambio semántico por el que esta palabra se cargaba de un valor peyorativo del que antes carecía.

Uno de los casos más atractivos de la historia de la lengua española desde este punto de vista es la evolución de sentido y contaminación de estructura fonética que sufrió el verbo azorar (se).

En principio se trata de uno más entre los verbos compuestos sobre un nombre de animal, que indican la conducta de la presa perseguida por los azores, aves de cetrería. En primer lugar significó “convertir en fiero, en salvaje”, posteriormente adquirió la significación de “irritarse”, para fijarse en su uso moderno a partir del siglo XVII, con el sentido de “sobresaltarse, conturbarse”.

Poco después, con la desaparición de la cetrería como deporte, se perdió la transparente motivación de la palabra, que los hablantes sintieron ligada a azar, “riesgo”, pero no a azor.

Contigüidad de nombres

Se trata de un fenómeno muy normal en todos los idiomas y que produce frecuentes cambios semánticos: periódico o diario son adjetivos que se han convertido en sustantivos.

El fenómeno puede ocurrir por traducción de otra lengua: jabalí en árabe es el adjetivo que acompaña a puerco, con el sentido de ‘montesino’, o sea ‘que vive en el monte’, lo mismo sucede con el viento garbí, viento ‘del Oeste’.

Ambas voces se transforman posteriormente en jabalí y garbí como sustantivos. Basta pensar en la lengua contemporánea en fenómenos lingüísticos del tipo: Quiero un cortado, Voy a comprar telefónicas mañana.

Otras relaciones

A pesar de la brevedad de este apartado, no pueden olvidarse otros aspectos de singular importancia para la tipificación de los cambios semánticos, aunque se trate sólo de insinuar algunas relaciones que han escapado a esta sistematización:

Restricción y extensión de un significado

Una palabra puede escapar del grupo social que la utiliza con un sentido muy técnico y convertirse en un término general, como ocurrió con el término náutico latino plicure, “plegar las velas al llegar a puerto”, → ”llegar a puerto” → el español “llegar” frente al catalán “acabar el trabajo”.

El lenguaje marinero, en todas las lenguas, produce una gran cantidad de términos que sufren el fenómeno de extensión de su significado. El español de América está lleno de voces náuticas, que se aplicaron en tierra firme y extendieron su significado; a este fenómeno contribuyó, sin duda, tanto la duración del viaje a América como la presencia psicológica constante del barco y de la flota como elementos de unión con la Península.

El fenómeno semántico inverso se produce cuando una palabra de uso general en la lengua pierde su extensión y queda reducida a un campo peculiar y característico.

Casos de abreviaciones

Íntimamente ligados con los casos examinados de elipsis, un cortado, comprar telefónicas, aparecen los casos en los que una palabra, por una serie de fenómenos, se trunca o se abrevia para originar otra que puede contraer distintas relaciones en la lengua: auto por automóvil, bici por bicicleta, progre por progresista o bus por autobús.

La ironía y la hipérbole en la denominación

No hay que olvidar, como ya advertía Nyrop en 1913, hasta qué punto en la comunicación lingüística desempeña un papel importante la disposición psicológica de la persona que habla o de la persona que escucha. Sólo desde este punto de vista se pueden entender denominaciones de tipo irónico o hiperbólico muy frecuentes en la lengua coloquial.

En ciertos países de Hispanoamérica la novia, la esposa o la amante reciben el curioso nombre de mi peor es nada. Aparece en México, en Chile, donde significa “amante”, y también en Perú, aunque sólo en las clases media y baja.

También en el español de México aparece el curioso verbo telescopiar, “chocar un coche”, “plegarse un vehículo como un telescopio”, que sería un buen ejemplo de este tipo de actitud psicológica del hablante. A propósito de este último verbo, hay que advertir que aparece también con esa misma significación irónica en ciertos niveles del francés coloquial.

Adquisición de valores peyorativos y meliorativos

Una palabra puede adquirir a lo largo de la evolución de la lengua, un valor positivo del que antes carecía y, por el contrario, encontrarse al cabo de los siglos cargada de sentido peyorativo.

Casos similares al de campesino → cansino, ya examinado, pueden ser el de bellaco o el de villano, que en principio significó sólo el habitante de la villa. En latín rivales eran personas que vivían junto al mismo arroyo, rivus, “que eran vecinos”; poco a poco la idea de la vecindad y sus dificultades en la convivencia diaria llevaron al sentido actual de “rivalidad, enfrentamiento”.

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